Ultra petita

Miradas
05 Julio

Por motivos de salud debí trasladarme temporalmente a Estados Unidos, lugar en el que estaré cerca de 2 meses. En este tiempo, he sido testigo del contraste en el manejo de la pandemia entre Chile y Estados Unidos. Las diferencias son abrumadoras. Mientras en nuestro país se limita la posibilidad de asistir al lugar de trabajo, se cierran los colegios, se establecen toques de queda para impedir el libre tránsito, y se ven personas con mascarilla incluso al aire libre, en Estados Unidos todo funciona prácticamente igual que hace dos años, cuando no sabíamos del SARS-CoV-2. La circulación sin restricciones, la posibilidad de acceder a productos y servicios normalmente, y el uso de mascarilla solo en instancias en que éste se justifica, han hecho desaparecer en mí una carga profundamente angustiosa que no había notado que llevaba: la expropiación de mi libertad.

El respeto a las libertades individuales y la consecuente restricción al poder de los gobernantes elegidos es el concepto nuclear en torno al cual se redactó la Constitución de los Estados Unidos.  Sus primeras tres palabras (“We The People” / “Nosotros el Pueblo”), son la base de un texto que no sólo establece el marco normativo del país, sino que son la expresión más pura de la creencia de los estadounidenses:  el gobierno se constituye para servir a los ciudadanos y éstos delegan voluntariamente su soberanía en los representantes que eligen. A pesar de lo anterior y de su fuerte simbolismo, durante los primeros años que siguieron a la redacción del texto original, hubo quienes plantearon que el documento no era lo suficientemente explícito respecto de las limitaciones que debía tener el poder del gobierno sobre los individuos. Fue así como surgieron las primeras diez enmiendas ratificadas en 1791 y conocidas hoy como “Bill of Rights”. De dicho decálogo surgen muchas de las citas que alguna vez hemos visto en películas o series de TV norteamericanas, y su contenido está muy presente en el ideario colectivo local.

Desde una mirada retrospectiva, la historia de Estados Unidos y su apabullante prosperidad no dejan a nadie indiferente. Una nación de edad republicana relativamente joven llegó a ser la primera potencia del planeta en corto tiempo y sigue generando gran valor en muchas dimensiones:

  1. Invenciones como la ampolleta incandescente, el teléfono, la producción en cadena asociada al Ford T y, más recientemente, la World Wide Web, el computador personal y la impresora 3D, cambiaron dramáticamente la forma en que se hacían muchas cosas.
  2. Estados Unidos es un polo de capital humano sin parangón: 8 de las 10 mejores universidades del mundo están en dicho país y a la fecha acumula el mayor número de Premios Nobel (390) con larga diferencia del segundo lugar.
  3. Además de ser la mayor economía del mundo, Estados Unidos concentra 7 de las 10 compañías más grandes del orbe y más de la mitad de las llamadas “compañías unicornio” nacieron allí.

¿Qué relación existe entre la relevancia que los estadounidenses han dado al respeto por las libertades individuales en su Constitución y los buenos resultados que esta nación ha registrado en ámbitos como innovación, capital humano y creación de riqueza? La respuesta es clara: estos últimos son consecuencia de lo primero y no hubiesen sido posibles en otro contexto. Un inventor como Thomas Edison, un académico como John Nash o un emprendedor como Steve Jobs, son personas que están permanentemente experimentando con el objetivo de trascender las limitaciones que enfrentan. Dicha curiosidad es la que permite, luego de una iteración probablemente cargada de éxitos y errores, ampliar las fronteras y expandir nuestra capacidad de crecer. Solo una sociedad que valore la capacidad y el derecho de cada uno de tomar decisiones libres y responsables, verá las fronteras de la creatividad y la prosperidad expandirse, con el mayor bienestar que esto conlleva entre sus ciudadanos.

Siendo en Chile tiempos donde se discuten propuestas programáticas presidenciales y se da inicio a un histórico ejercicio constitucional, resulta oportuno tener presente que el futuro lo construimos los ciudadanos y que, para hacerlo, necesitamos del espacio y de la libertad que nos pertenece. Queda mucho por hacer y la meta, aunque se divisa, aún está lejos. Alcanzarla depende del esfuerzo que todos hagamos y de que se nos permita llevar a acto todo nuestro potencial.

 

Diego Bacigalupo
Gerente de Desarrollo de Quiñenco S.A.

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