Resaca del cobre

Miradas
23 Junio

Juan Ignacio Eyzaguirre, publicó en La Tercera la columna de opinión “Resaca del cobre” en la que analiza la transición energética y el auge en los metales verdes.

A continuación, la columna completa:

La fiesta del cobre recién comienza, advirtió el Departamento de Estudios de Goldman Sachs. El metal rojo sería el nuevo petróleo en estos tiempos de transición energética, pues su notable conductividad eléctrica y térmica, ductilidad y reactividad son instrumentales para la nueva infraestructura de energías sustentables. Para Chile, principal productor y reserva de cobre mundial, son noticias importantes, pero no necesariamente positivas.

La transición energética ha impulsado el auge en los “metales verdes”: cobre, litio, cobalto y aluminio. Los objetivos de París y la sustentabilidad -cuya relevancia se ve en su creciente prevalencia en los discursos de Washington, Beijing y Bruselas- depende, entre muchas cosas, de la habilidad de proveer al mundo con suficientes materias primas. El control de su suministro se ha transformado en uno de los puntos de la geopolítica global: Estados Unidos y Europa han comenzado a reaccionar a los crecientes esfuerzos de China por agasajar sus reservas (en Chile conocemos bien la historia del litio).

El consumo “verde” de cobre ya superó el millón de toneladas anuales y llegaría a ser entre cinco y nueve millones para 2030, equivalentes al 21%-38% de la producción actual. Se necesitaría otro Chile más en el planeta para suplir esa cantidad. El crecimiento de demanda de los próximos diez años se estima en 64 millones de toneladas, casi un tercio de todas las reservas de Chile. No debiese sorprendernos, pues por ejemplo un auto eléctrico requiere cinco veces el cobre de uno de combustión interna, los parques fotovoltaicos y las granjas eólicas, especialmente las marinas, consumen mucho cobre en sus componentes más relevantes además de la necesidad de grandes cables para transmitir su electricidad.

El auge del precio del cobre -más de USD$4 por libra y casi el doble de sus precios hace un año- refleja en parte inquietudes de que la industria no va a ser capaz suplir tales demandas. Pues las principales mineras han sido reticentes a embarcarse en grandes proyectos de inversión, luego del desplome del cobre en 2014-15 y de usar sus flujos de caja para pagar deudas contraídas. Los pronósticos más agresivos estiman escasez ya en 2022 mientras otros apuntan a 2025, pues la expansión de yacimientos mineros toma 2-4 años mientras nuevos proyectos 6-8 años cuando llegan a concretarse. Varios estiman precios inauditos justificados en que este superciclo del cobre superará al del boom Chino de comienzos de siglo.

De buenas a primeras, todo esto debiese ser música para Chile: más inversiones y protagonismos global, mayores exportaciones y dólares que engrosan la billetera fiscal. Al fin y al cabo, albergamos casi un cuarto de las reservas globales y somos el principal productor del metal. Sin embargo, hay varias razones para ser cautos en la fiesta del cobre, pues la resaca llega cuando se apaga la música.

Primero, es sumamente complejo cuando un país pequeño se ubica en una encrucijada geopolítica global, pues en el tironeo puede terminar desencajado. En concreto, sería nefasto para nuestra economía abierta tener que elegir entre China y Occidente. Peor aún sería que el botín del cobre trence influencias extranjeras en nuestra vida política, como sucedió en la Guerra Fría.

Segundo, nos acechan los males de la enfermedad holandesa o “dutch disease”, acuñada por Corden y Neary en 1982. Cuando el boom de la industria extractiva debilita la competitividad de áreas de servicios y manufactureras en el resto de una economía. Si abundan los dólares por las exportaciones de cobre se hace cuesta arriba exportar para el resto, no solo por la apreciación del peso sino también porque los salarios se inflan con el exceso de consumo empujado por ricas exportaciones. Más aún, investigaciones posteriores han identificado la volatilidad del commodity como uno de los efectos más dañinos: es difícil ajustar la matriz productiva y las cuentas nacionales a vaivenes como los del cobre.

Por último el más peligroso de todos: el dutch disease político. Dada nuestra coyuntura política, nuestra principal aprensión debe ser la erosión institucional que conlleva la fiebre de un golpe de exportaciones fáciles. Ejemplos sobran. El boom de la soja con los Kirchner en Argentina. El petróleo por la nubes de Chávez y Maduro en Venezuela. Desbaratar un orden institucional cuesta mucho, pero es asequible pagar sus costos cuando abundan los dólares fáciles ya sea de la soja, del petróleo o del cobre.

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