El sueño americano es posible para Chile

Miradas
23 Octubre

El diario La Tercera publicó la siguiente columna del gerente general de Quiñenco, Francisco Pérez Mackenna:


Quienes tuvimos la fortuna de haber nacido a fines de los años 50, experimentamos los mejores 30 años de prosperidad de toda la historia de nuestro planeta. Entre 1960 y 1990, el PIB per cápita del mundo creció a un ritmo de 2,2% anual, casi duplicando el estándar de vida promedio hasta entonces. En el caso de Chile, ese fenómeno se dio de manera más acelerada en las primeras décadas desde el retorno a la democracia, acortando drásticamente nuestra brecha de ingresos con el mundo desarrollado.

Por ello resulta tan frustrante que Chile esté caminando “por un sendero de gradiente descendente”, como ha afirmado el exministro de Hacienda Eduardo Aninat. Una hipótesis que podría explicar lo ocurrido tiene que ver con la planteada por Claudio Hohmann en una columna que señala que nuestro país pareció cambiar el objetivo de “crecimiento con equidad” por “redistribución aun a costa del crecimiento”. Hace ya algo más de una década, abandonamos el foco de eliminar la brecha de desigualdad de ingresos con el mundo desarrollado, y lo sustituimos por el juego de suma cero de la redistribución interna, como anota Ricardo Caballero en una entrevista. Otro economista, Jorge Quiroz, ha vaticinado que así nos quedaremos finalmente sin pan ni pedazo: sin crecimiento ni mejora de los índices de pobreza.

Con una población que se expande a algo menos del 1% por año, nuestra aspiración debiera ser que nuestro PIB crezca al 3,5% anual sin pausa por los próximos 30 años. Luego de haber perdido la última década, probablemente esa cifra debiera elevarse a no menos del 4% por un tiempo para ponernos al día. ¿Se puede? Como diría Barack Obama: sí, se puede. El punto es cómo.

Para intentar corregir el rumbo se suelen proponer soluciones sectoriales: mejorar la productividad y la inversión; reducir la permisología; seguir disminuyendo barreras al comercio internacional; desarrollar industrias como litio y energías verdes; más financiamiento para las pymes; crear disponibilidad de capital de riesgo e incentivos tributarios del tipo depreciación acelerada, entre otras. De acuerdo, pero desgraciadamente eso nunca será suficiente, pues el PIB per cápita refleja la totalidad de la economía y no solo la de algunos sectores.

Nuestro principal problema es haber degradado un ecosistema en donde el capital humano se sienta a gusto. Donde todos estimen que hay un premio al esfuerzo y que éste no será expropiado por impuestos futuros, por la delincuencia, o por la incerteza jurídica. Donde los mejores profesionales del mundo quieran migrar, entrando por aeropuertos y no por perforaciones clandestinas en la frontera. Asegurar a los mejores talentos que serán acogidos en un país que ofrece mayores oportunidades de progreso. Si queremos avanzar, Chile no puede seguir mirándose el ombligo. El crecimiento no está, hay que producirlo. El país debe aspirar a ser un Hub donde el retorno a la inversión en capital humano sea creciente y mayor que en los países que nos compiten.

Tomando una analogía de la industria del deporte, cuando un jugador de alto rendimiento migra del medio local a jugar en Europa, la compensación por su actividad se multiplica varias veces. La paradoja económica de aquello es que su talento es mucho más escaso en Chile que en el Viejo Continente, pero cuando se trata de talento, al concentrarse éste en un mismo lugar, su productividad aumenta.

Como ocurre con la teoría de los agujeros negros del cosmos, la cantidad de capital humano que una sociedad reúne ejerce una fuerza de gravedad que atrae el capital humano de sus inmediaciones. Cuando se consigue suficiente masa crítica inicial, se genera un círculo virtuoso. Es el caso de Silicon Valley en IT, Memphis o Nashville en la música, Hollywood en el cine, Boston en la biotecnología, entre otros.

Volviendo a la analogía, requerimos una Champions League en la actividad económica local. Para ello, todos en la sociedad -no solo las élites- deberíamos poder sentir que nuestro futuro depende principalmente de nosotros mismos y que es rentable dedicarse a invertir tiempo y recursos en la preparación para la vida, tanto propia como de nuestros hijos y nietos. Al contrario, el énfasis en que al que le va bien se le va a cargar la mano, es un desincentivo. Premiar el mérito y el esfuerzo es clave, junto con el desafío de no dejar a nadie atrás. Transformar nuestro sistema educativo poniéndolo al servicio de los alumnos y ofrecer ciudades libres de crimen, son una exigencia base.

Aunque nunca llegamos a la meta, estuvimos pedaleando sobre esa ruta en los 90. ¿Por qué no retomarla?

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